Congreso S.
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Crudo (Oscuros) y Corto (Dimensiones).
Este cuento pertenece al libro: Susurros de muerte.
Todavía recordaba el día en que pensó en ir a ese congreso. Desconocía de que iba a tratar, pues el título era muy sutil.
Lo dudó por un tiempo, aquello le llamaba, pero al mismo tiempo, algo lo repelía. ¿Y si se trataba de un fraude? Probablemente solo era publicidad engañosa para vender productos de mala calidad, como si las personas fueran objetos sin raciocinio. No quería caer en una trampa, se sentía lo suficientemente inteligente para evitarlas. Jamás había sido víctima de esos actos deshonrosos de la sociedad.
Dejó todo a la suerte, así le solían hacer algunas personas para tomar decisiones, o simplemente excusarse por el resultado de algo que sucedió. Si ese día estaba libre, por cualquier circunstancia milagrosa obrada por el destino, iría. Si no fuera el caso, entonces los ángeles y los dados divinos, habrían determinado que eso era algo impropio.
La semana culminaría y un ápice determinista comenzaba a asomar, su esposa iba a salir con unas amistades y no estaría en los días críticos. Pocas veces ocurría algo como eso, sin embargo, se empalmaba perfectamente con el congreso secreto que tenía en la mente.
Tal vez solo era una falsa esperanza y no debía de ir. Quizá las amigas, o su pareja, cambiarían de planes, cualquier hecho podría suceder. No tenía motivos suficientes para declarar que se presentaría al evento, ese que le remordía su conciencia y pensamientos.
Contra todo pronóstico pesimista de sus ideas, se quedó solo; el lapso suficiente para poder tomar el auto, ir al congreso, permanecer allá la noche, y regresar al otro día. Aun así, todavía tendría tiempo de sobra para aparentar que nunca salió de su hogar.
¿Y si su esposa volvía y se daba cuenta que él no estaba? No había motivos para dudarlo, la confianza era mutua y ese tipo de acciones nunca sucedían. Al menos, hasta aquel momento en el que tenía el imperioso deseo de escapar a escondidas, aunque solo fuera por una vez.
¿Y si le llamaban mientras estaba en el congreso? Siempre podía responder, no es como si estuviera en una secta, o en alguna asociación peligrosa que cuartara su libertad.
¿Qué pasaría si se descomponía el auto, o si ella veía su ubicación, o si los vecinos le avisaban a su esposa que la casa estaba sola?
Eran muchas las cuestiones que lo dejaban pensando por minutos enteros, ratos completamente extraviados dentro de su pensamiento. Trataba de ampliar la brecha temporal, quizás así se le haría de noche y ya no podría salir. Por más que lo intentaba, siempre le sobraba este último recurso. Seguía teniendo la oportunidad de llegar al congreso con un margen de dos horas.
Continuar en su búsqueda de excusas parecía algo absurdo. Debía dejar de pedir que un evento determinista, fuera de su control, tomara el rumbo de esa noche. Perder el tiempo en sus pensamientos, debatiéndose sobre lo que pasaría si iba, o lo que se perdería si se quedaba; solo le generaba punzadas en la cabeza.
Lanzar una moneda podía ser la solución, tenía una cerca. Cuando la tomó, se sintió ridículo. Tanto tiempo esperando que todos los hechos se juntaran para ir sin ninguna preocupación. ¿Y ahora salía con una jugarreta aleatoria porque no era capaz de tomar una decisión por él mismo???
Dejó la moneda en el sillón, vio la hora y pensó en todo lo que pasaría esa noche. Iría al congreso, entraría a cualquier reunión en alguna sala y se daría cuenta sobre lo que trataba aquello. Finalmente volvería a casa, dormiría y su vida seguiría como si nada. Pues su esposa jamás sospecharía que él cayó en una trampa empresarial, y que le dio tanta vergüenza como para decirle que fue a ese lugar.
Revisó los mensajes. Su pareja yacía feliz con sus amigas, en lo que llamaban, una noche de chicas; donde la conversación es llana y aburrida para la mente de los hombres.
Nada le impedía salir de su casa, el destino lo obligaba a marcharse. Ya no había más escapatoria.
Subió al auto y arrancó.
A su llegada, no notó nada extraordinario. Después de estacionarse, caminó hasta la recepción. Era de los pocos que iban solos y con ropa casual. Pensó que no lo dejarían entrar, pero ni caso le hicieron.
Una vez que estuvo registrado, ingresó. El recinto era más grande por dentro, de lo que aparentaba en el exterior. Algunas escaleras, a lo lejos, se veían a través del patio central, el cual contaba con una explanada lo suficientemente grande para abarcar a 200 personas. Caminó por los alrededores. Apenas estaban preparando el escenario, o lo que fuese a ser aquello.
Llegó a la escalera, que se curveaba sobre sí misma en un ángulo recto. Arriba, algunos cuartos como bodegas abiertas sin nada en el interior. En ese pasillo angosto, cernido en las alturas, algunas mesas con hojas y bolígrafos se asomaban. Detrás, sillas vacías. Seguramente aquello era para inscribirse, e ingresar a una conferencia en alguno de los espacios solitarios.
Probablemente había llegado demasiado temprano. Parecía lógico pensar que algo pondrían dentro de esas habitaciones, y que iba a haber algún evento en grande en la parte inferior, es decir, el patio central.
A pesar de todo, seguía sin saber de que trataba el congreso. Simplemente estaba el edificio con forma de castillo redondo, el cual aparentaba un mini coliseo con ladrillos y arquitectura renacentista, o de algún estilo antiguo que desconocía, quizá barroco.
Se quedó un largo rato recargado en la barandilla, junto a la escalera por la que había subido. Observaba el paisaje y a las personas que comenzaban a llegar. No conocía a nadie, la gente vestía más elegante que él, quizá eran de dinero. Tal vez se trataba de algún evento de alcurnia, al que había asistido por pura ignorancia.
Algunos individuos pasaron riendo junto a él. Ambas partes voltearon y se vieron, sin haber sabido de su existencia con anterioridad. Fue algo incómodo, sin embargo, los siguió con su mirada hasta que se perdieron en el sentido opuesto al suyo.
Pensó en bajar y preguntar a los asistentes sobre el motivo de aquel congreso, pero eso lo hizo sentirse risible. Cada vez tenía más claro que no pertenecía a ese lugar, y que lo mejor sería irse inmediatamente.
Quiso esperar un poco más, ya había llegado al pseudo castillo. Al menos quería saber de qué trataba ese evento que parecía clandestino.
Los minutos pasaron. Nada trascendental se asomó tratando de explicar la situación irreal que sucedía. Cansado de estar esperando a que el destino le diera respuestas, dobló la pierna para desentumirla y bajar las escaleras. Se marcharía de ese lugar después de ir al baño.
Cuando iba a comenzar su débil andar, vio a unas jóvenes que ascendían, al tiempo que platicaban entre ellas. Si no hubiera sido por su conversación, es probable que jamás entendiera el misticismo del evento. Al llegar a la par de él, lo comprendió por completo. Ese evento era algo extraordinario, pero pasaba de los estándares normales de la mayoría de las sociedades. Después de todo, se trataba de un tema tabú del que nadie quería hablar.
Finalmente se decantó por quedarse en el congreso, se sentía con la mente abierta. El destino lo había llevado hasta ahí para ver si era capaz de afrontar un hecho sin precedentes. No le iba a fallar a su futuro, el cual parecía haber sido escrito con antelación.